Graduado en marketing en la ESPM, al año siguiente entró a Unilever, una de las mayores escuelas de marketing del mundo. ¿Cuál fue su verdadera universidad, la ESPM o Unilever? Ambas, pero de diferente manera. Como estudiante de la ESPM, recuerdo tener debates sobre si debería probar la vida de la agencia o la vida del anunciante. Hasta que obtuve una pasantía en una agencia, como redactor. Recuerdo que arma-mos un portafolio, con el amigo que me acompañaba como director de arte. A mí siempre me gustó escribir artículos y cosas así. Y fuimos a visitar agencias, mostramos nuestro por-tafolio y entonces fue cuando me quedó claro que no estaba hecho para eso. Hoy tengo un gran respeto por el trabajo crea-tivo, precisamente porque es una pesadilla tratar con personas que opina todo el tiempo sobre todo lo que uno crea. Cuando los oí decir “esto es bueno, esto es malo, esto es horrible”, sentí “vamos, muestren algo de respeto por todo el trabajo que hice aquí”. Y necesité estar del otro lado. Necesité ser de ellos, de los que orientan y dicen lo que está bien y lo que está mal. Por eso tengo un gran respeto por los creativos, porque es muy difícil convencer a la gente sobre las ideas y lidiar con eso. Por eso la ESPM fue muy importante para mí. Y luego, Unilever fue un tipo diferente de escuela, porque te enseña a pensar bien, dado que no existe una receta para hacerlo. “En cada uno de los cien mercados en que estamos producimos nuestras cervezas usando ingredientes locales, con empleados locales, con producción local. Somos globales con base local”.